Lágrimas en el aire, formando la espesa bruma que cala por dentro...
Lágrimas del cielo, fina lluvia dejando largos arcoiris a su paso...
Lágrimas que mojan, con ese dejo amargo que las provocan...
Lágrimas en el suelo, camino recorrido sorteando geografías faciales...
Lágrimas en el río, perlas que se disuelven con el paso del tiempo...
Lágrimas de penas, de suspiros, fragmentos de sueños rotos filosos como vidrio...
Lágrimas de risa, de emoción, validando los porqués del existir de nuestros universos...
Lágrimas de bebé, líquida expresión de la inocencia que comienza a desvanecerse...
Lágrimas delicadas, casi partículas del más fino cristal de Murano...
Lágrimas hay muchas, pero nunca serán como las Lágrimas de un ángel
jueves, 3 de junio de 2010
miércoles, 2 de junio de 2010
La dulce condena
Erika no sabía de qué se trataba todo eso. No entendía, no veía, no dudaba. Estaba cegada por sí misma, presa en su propia inseguridad acerca de lo que la rodeaba, de su presente oscilante entre la euforia apasionada y el desgarrador despecho. Ese péndulo anímico actuaba dentro de su cabeza, era parte inconsciente de sí misma, pero también la realidad que vivía alimentaba esta ondulación.
Su propio ser, una princesa de hojalata, se debatía constantemente. Su cuerpo y su mente trabajando en distintos rítmos... viviendo a cada minuto diferentes sentimientos, pensamientos, presenciando ocasos de burda reflexión y sufriendo amaneceres de llanto. Enroscada entre pasión y tormento, veía los días pasar, sin siquiera considerar la idea de perderlo todo por lo cual respira día a día.
Quizás, quiero creer, que fue por esto que se dedico al delito. Ladrona de guante blanco, sutil y reservada, escurridiza, precisa... casi una artista en su perverso divertimento. Pero, por más experimentado que un delincuente sea, tarde o temprano tendría su juicio. Y así fue... in fraganti, su víctima convertida en victimario, se encargó de atraparla...
Prisión merecida, bajo condena de denigrar y destruir el combustible que alimenta el motor de algunos, aquellos para los que el universo ha nacido errante y falto de quietud, quienes motivados por esta falta de rumbo cósmico dedican su ánima a conquistar sueños apasionados. Un delito no fatal, pero vil a sabiendas, dada la frialdad con que se creyó reina y dueña del recobeco donde los más íntimos deseos se dedican a reposar en paz.
Nadie la engañó jamás al respecto; ella misma eligió su propia celda, y decidió someterse a la condena... la que creía que sería una dulce condena. Pero en su jaula hermosamente adornada de flores y colores, osos de felpa, cómodos sillones, o cuanto quisiera, se chocó con la realidad: la celda, por más vistosa que se le presentara, seguía siendo una celda, privándola de la quizás cruel libertad, pero libertad al fin.
Sé que en más de una ocasión su carcelero, el más celoso de los guardianes, harto de verla encerrada, dejó el dorado cerrojo abierto, y la vía de escape liberada; hasta la despidió y le dio tiempo más que suficiente para escapar. Pero ella no lo hizo. No pudo vencer los lazos que la sujetaban a su celda. Todavía creía que su jaula de oro valía más que la propia libertad, o por lo menos, era la opción que menos terror le generaba.
Lo que Erika no consideró, es que el tiempo pasa y la vida cambia, pero desde una celda eso no se ve... Algún día saldrá, asomará la cabeza y verá que el sol no ilumina igual, ni las sombras siguen intactas. Y aquello que robó alguna vez, que tanto la entretuvo conseguir y destrozar, quedará en su prontuario por siempre, sometida al prejuicio intimidante de quienes, como yo, conocemos su miserable historia...
Su propio ser, una princesa de hojalata, se debatía constantemente. Su cuerpo y su mente trabajando en distintos rítmos... viviendo a cada minuto diferentes sentimientos, pensamientos, presenciando ocasos de burda reflexión y sufriendo amaneceres de llanto. Enroscada entre pasión y tormento, veía los días pasar, sin siquiera considerar la idea de perderlo todo por lo cual respira día a día.
Quizás, quiero creer, que fue por esto que se dedico al delito. Ladrona de guante blanco, sutil y reservada, escurridiza, precisa... casi una artista en su perverso divertimento. Pero, por más experimentado que un delincuente sea, tarde o temprano tendría su juicio. Y así fue... in fraganti, su víctima convertida en victimario, se encargó de atraparla...
Prisión merecida, bajo condena de denigrar y destruir el combustible que alimenta el motor de algunos, aquellos para los que el universo ha nacido errante y falto de quietud, quienes motivados por esta falta de rumbo cósmico dedican su ánima a conquistar sueños apasionados. Un delito no fatal, pero vil a sabiendas, dada la frialdad con que se creyó reina y dueña del recobeco donde los más íntimos deseos se dedican a reposar en paz.
Nadie la engañó jamás al respecto; ella misma eligió su propia celda, y decidió someterse a la condena... la que creía que sería una dulce condena. Pero en su jaula hermosamente adornada de flores y colores, osos de felpa, cómodos sillones, o cuanto quisiera, se chocó con la realidad: la celda, por más vistosa que se le presentara, seguía siendo una celda, privándola de la quizás cruel libertad, pero libertad al fin.
Sé que en más de una ocasión su carcelero, el más celoso de los guardianes, harto de verla encerrada, dejó el dorado cerrojo abierto, y la vía de escape liberada; hasta la despidió y le dio tiempo más que suficiente para escapar. Pero ella no lo hizo. No pudo vencer los lazos que la sujetaban a su celda. Todavía creía que su jaula de oro valía más que la propia libertad, o por lo menos, era la opción que menos terror le generaba.
Lo que Erika no consideró, es que el tiempo pasa y la vida cambia, pero desde una celda eso no se ve... Algún día saldrá, asomará la cabeza y verá que el sol no ilumina igual, ni las sombras siguen intactas. Y aquello que robó alguna vez, que tanto la entretuvo conseguir y destrozar, quedará en su prontuario por siempre, sometida al prejuicio intimidante de quienes, como yo, conocemos su miserable historia...
martes, 1 de junio de 2010
El futuro
Después de releer mis últimos relatos y reflexiones, me di cuenta que menciono mucho el futuro... Y casualmente, como con todo lo que me pongo a escribir, me fueron surgiendo dudas al respecto. Ciertamente, lo nombré por mera costumbre, como quien relata el estado del clima, o como una palabra más, pero ahora creo darme cuenta que lo tomé a la ligera. Entonces llegó el momento de hacerme varias preguntas... y ya que estamos, tratar de respondermelas.
¿Existe el futuro? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cómo se crea o se destruye? ¿Cómo se lo modifica?
Obviamente, no son cuestiones sencillas de resolver. Ni siquiera es posible asegurar a ciencia cierta que dichas respuestas puedan ser definidas, al menos en palabras, o que mínimamente existan. Muchos científicos, año tras año, obsesionados con el tiempo, el futuro, el presente, la "cuarta dimensión", los viajes en el espacio-tiempo, han intentado resolver este tipo de complejas incógnitas, sin tener declarados resultados demasiado avanzados. Obviamente, no espero resolverlos yo tampoco, pero quizás sirva tener un concepto propio que me conforme al menos hoy.
Creo que el futuro de por sí no existe. Tengo la necesidad de pensar que lo creamos día a día, a través de nuestras acciones, nuestros actos, más o menos cotidianos, solamente existiendo; pero eso sí, siempre con una existencia autojustificable. Me explico; ¿vale la pena un futuro sin metas, sin ambiciones de superación, sin ganas de vivir? ¿existe el futuro para quienes nada más aguardan por llegar? ¿está escrita la próxima página del libro de la vida, para quien no tiene ganas de seguir leyendo?
Bueno, yo creo que no. Y no por pensar si es posible o no... esto queda al margen de la cuestión, ya que de nada sirve un futuro repleto a quien no le interese vivirlo. Mi manera de creer en un futuro me dice que estoy dispuesto a enfrentarlo, y que si no fuera así, ¿para qué querría un futuro? Es una pregunta simple, básica, y muy apegada al ser humano, tanto que podría asimilarse con la simple "Si no quiero un helado ¿para qué lo voy a comprar?".
Tal vez sea una reducción muy simplista, lo se, pero seguramente en un tema tan complejo sea difícil ser más "específicamente correcto" sin entrar siquiera en mares de números o planteos de muy alto nivel. Pero por suerte no hace falta tanta precisión cuando de temas humanos se trata, porque no somos ecuaciones, ni fórmulas empíricas, ni sucesos naturales predecibles.
Es que, justamente, quizás lo impredecible sea lo que le sume emoción a nuestros días, pero eso ya merece un tema aparte. Igualmente, por ahora, me seguiré encargando de ir escribiendo mi futuro, paso a paso, sin pausa pero sin prisa, tratando de escribir lento pero prolijo, con trazo suave pero decidido, borrando pero sin tachar cuando es necesario; dibujaré sobre los márgenes, subrayaré las palabras nacidas de los sueños, escribiré en colores los nombres de las pasiones... todo con cuidado sabiendo, o por lo menos creyendo, que repercutirá en el futuro por venir, pero sin olvidar que, mientras desparrame encima todo lo que realmente quiera... bueno, nada puede arruinar un libro que aún se está escribiendo, ¿no?
¿Existe el futuro? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cómo se crea o se destruye? ¿Cómo se lo modifica?
Obviamente, no son cuestiones sencillas de resolver. Ni siquiera es posible asegurar a ciencia cierta que dichas respuestas puedan ser definidas, al menos en palabras, o que mínimamente existan. Muchos científicos, año tras año, obsesionados con el tiempo, el futuro, el presente, la "cuarta dimensión", los viajes en el espacio-tiempo, han intentado resolver este tipo de complejas incógnitas, sin tener declarados resultados demasiado avanzados. Obviamente, no espero resolverlos yo tampoco, pero quizás sirva tener un concepto propio que me conforme al menos hoy.
Creo que el futuro de por sí no existe. Tengo la necesidad de pensar que lo creamos día a día, a través de nuestras acciones, nuestros actos, más o menos cotidianos, solamente existiendo; pero eso sí, siempre con una existencia autojustificable. Me explico; ¿vale la pena un futuro sin metas, sin ambiciones de superación, sin ganas de vivir? ¿existe el futuro para quienes nada más aguardan por llegar? ¿está escrita la próxima página del libro de la vida, para quien no tiene ganas de seguir leyendo?
Bueno, yo creo que no. Y no por pensar si es posible o no... esto queda al margen de la cuestión, ya que de nada sirve un futuro repleto a quien no le interese vivirlo. Mi manera de creer en un futuro me dice que estoy dispuesto a enfrentarlo, y que si no fuera así, ¿para qué querría un futuro? Es una pregunta simple, básica, y muy apegada al ser humano, tanto que podría asimilarse con la simple "Si no quiero un helado ¿para qué lo voy a comprar?".
Tal vez sea una reducción muy simplista, lo se, pero seguramente en un tema tan complejo sea difícil ser más "específicamente correcto" sin entrar siquiera en mares de números o planteos de muy alto nivel. Pero por suerte no hace falta tanta precisión cuando de temas humanos se trata, porque no somos ecuaciones, ni fórmulas empíricas, ni sucesos naturales predecibles.
Es que, justamente, quizás lo impredecible sea lo que le sume emoción a nuestros días, pero eso ya merece un tema aparte. Igualmente, por ahora, me seguiré encargando de ir escribiendo mi futuro, paso a paso, sin pausa pero sin prisa, tratando de escribir lento pero prolijo, con trazo suave pero decidido, borrando pero sin tachar cuando es necesario; dibujaré sobre los márgenes, subrayaré las palabras nacidas de los sueños, escribiré en colores los nombres de las pasiones... todo con cuidado sabiendo, o por lo menos creyendo, que repercutirá en el futuro por venir, pero sin olvidar que, mientras desparrame encima todo lo que realmente quiera... bueno, nada puede arruinar un libro que aún se está escribiendo, ¿no?
Torciendo el destino
Ernesto finalmente se serenó. Tal como la sabiduría popular suele decir, "después de la tormenta siempre llega la calma". Había quemado años del combustible de su vida en inútiles pesares, y hoy podía volver a pensar como hace mucho no lo hacía, envuelto en calma espiritual.
La violenta herencia de una infancia sometida al ataque constante de sus pares, la inseguridad, el miedo al prójimo y la desmedida desconfianza, manejaban su vida más que sus propias decisiones y deseos. Era un esclavo de sí mismo, preso en sus temores sociales, y sometido a un existir miserable, abrumado de malestares, autoflagelándose sin látigos ni cadenas, sino con el solo hecho de respirar el mismo aire que la sociedad a la que tanto temía, y por qué no, también odiaba.
Aunque el verdadero problema de Ernesto, era el innegable conocimiento que tenía sobre su situación. El hecho de verse tan desvalido ante la adversidad reinante, dentro de un entorno agresivo, hostil y para nada comprensivo, en el cual no se veía como un futuro sobreviviente, lo aplastaba de modo asfixiante. A veces, hasta sentía que la locura venía por él, vestida de negro y con una filosa guadaña en la mano, y dispuesta a usarla.
Los años pasan, la vida pasa, el entorno cambia, pero él se encontraba estancado en su oscuro presente interior. Se sentía inamovible por el paso del tiempo, como quien se ancla al suelo para no ser desplazado por un huracán. La situación no parecía tener solución posible, pero el destino tuvo un rol determinante en su vida, arrimándole una carta ganadora, una "chance de gol".
La combinación de las suertes del universo le otorgó un año de gracia, en el que su nefasto presente le daría respiro, pero a cambio debía jurarse luchar con pasión por mantener ese destino venturoso que se mostraba como promesa de regalo y premio, si lo lograba. Y decidido, ayudado por no tener nada que perder, se juró, y dió todo cuanto pudo por torcer su futuro.
Vaya a saber uno cómo y por qué, venciendo todo trazo predecible, Ernesto logró resistir aún caminando sobre los carbones al rojo. Y esa tal vez fue su carta de victoria, ya que, de haber cedido en su lucha, no habría vuelta atrás posible, y la historia no tendría final feliz y esperanzador. Felizmente, validó la ayuda de su suerte, y logró torcer su destino.
Así su futuro comenzó a brillar, y sus deseos, inquietudes, sueños, lograron un valor que nunca habían tenido. Su vida tomó un rumbo más sano, más normal, y sobre todo, libre de traumas (o casi... nada es perfecto). Pero decididamente tenía perspectivas a futuro, un alegre porvenir, metas por cumplir y deseos que satisfacer en este mundo de mortales.
La última vez que lo vi, era otra persona. Durante los varios años que perdimos contacto se convirtió en uno más en esta sociedad, luchando por ser mejor... Y me contó aquella vez que iba trás un sueño, muy importante diría yo, que le encantaría poder experimentar, y se venía adeudando demasiado tiempo para una vida...
La verdad, pocas cosas me conmovieron en la vida tanto como su intención de mejorar, de seguir intentando, de no dejarse someter al amanse, y espero que Ernesto pueda lograr finalmente eso que hoy en día anhela. Será difícil, como tódo lo bueno en esta vida... pero algo me dice, muy dentro mío, que tarde o temprano lo va a lograr. Lo merece, y eso es lo que importa.
La violenta herencia de una infancia sometida al ataque constante de sus pares, la inseguridad, el miedo al prójimo y la desmedida desconfianza, manejaban su vida más que sus propias decisiones y deseos. Era un esclavo de sí mismo, preso en sus temores sociales, y sometido a un existir miserable, abrumado de malestares, autoflagelándose sin látigos ni cadenas, sino con el solo hecho de respirar el mismo aire que la sociedad a la que tanto temía, y por qué no, también odiaba.
Aunque el verdadero problema de Ernesto, era el innegable conocimiento que tenía sobre su situación. El hecho de verse tan desvalido ante la adversidad reinante, dentro de un entorno agresivo, hostil y para nada comprensivo, en el cual no se veía como un futuro sobreviviente, lo aplastaba de modo asfixiante. A veces, hasta sentía que la locura venía por él, vestida de negro y con una filosa guadaña en la mano, y dispuesta a usarla.
Los años pasan, la vida pasa, el entorno cambia, pero él se encontraba estancado en su oscuro presente interior. Se sentía inamovible por el paso del tiempo, como quien se ancla al suelo para no ser desplazado por un huracán. La situación no parecía tener solución posible, pero el destino tuvo un rol determinante en su vida, arrimándole una carta ganadora, una "chance de gol".
La combinación de las suertes del universo le otorgó un año de gracia, en el que su nefasto presente le daría respiro, pero a cambio debía jurarse luchar con pasión por mantener ese destino venturoso que se mostraba como promesa de regalo y premio, si lo lograba. Y decidido, ayudado por no tener nada que perder, se juró, y dió todo cuanto pudo por torcer su futuro.
Vaya a saber uno cómo y por qué, venciendo todo trazo predecible, Ernesto logró resistir aún caminando sobre los carbones al rojo. Y esa tal vez fue su carta de victoria, ya que, de haber cedido en su lucha, no habría vuelta atrás posible, y la historia no tendría final feliz y esperanzador. Felizmente, validó la ayuda de su suerte, y logró torcer su destino.
Así su futuro comenzó a brillar, y sus deseos, inquietudes, sueños, lograron un valor que nunca habían tenido. Su vida tomó un rumbo más sano, más normal, y sobre todo, libre de traumas (o casi... nada es perfecto). Pero decididamente tenía perspectivas a futuro, un alegre porvenir, metas por cumplir y deseos que satisfacer en este mundo de mortales.
La última vez que lo vi, era otra persona. Durante los varios años que perdimos contacto se convirtió en uno más en esta sociedad, luchando por ser mejor... Y me contó aquella vez que iba trás un sueño, muy importante diría yo, que le encantaría poder experimentar, y se venía adeudando demasiado tiempo para una vida...
La verdad, pocas cosas me conmovieron en la vida tanto como su intención de mejorar, de seguir intentando, de no dejarse someter al amanse, y espero que Ernesto pueda lograr finalmente eso que hoy en día anhela. Será difícil, como tódo lo bueno en esta vida... pero algo me dice, muy dentro mío, que tarde o temprano lo va a lograr. Lo merece, y eso es lo que importa.
sábado, 29 de mayo de 2010
La soledad del hombre solitario
No. Definitivamente no me equivoqué en el título. No es una redundancia, o al menos, no imprudente; todo está tal como me pareció más correcto decir. Es que, yo no considero que ser un hombre solitario (genéricamente hablando, vale para ambos sexos) sea lo mismo que un hombre en soledad.
El hombre "en soledad" sencillamente, tal y como se presume con sólo escuchar el término, es aquel que no se encuentra en compañía de nadie más que sí mismo. Es una condición susceptible de cambiar, simplemente cuando un segundo ser se junta con él, más allá de que se trate de un ámbito laboral, socio-afectivo, etc.
El hombre "solitario" no es una condición simple de rebatir. Un ser con esta característica no se siente acompañado ni siquiera acompañado. La sensación de soledad abarca aún por sobre los sentidos, está presente muy dentro de sí, tal vez en su cerebro, o en su corazón, o donde sea que este tipo de cosas suelan alojarse en una persona.
En definitiva, después de señalar estos términos, llegamos a concluir en que se trata de dos situaciones puntuales diferentes... Y eso es justamente un punto bastante en contra, ya que si las consideramos como casos distintos, bien podríamos deducir que ambas cosas pueden sentirse simultáneamente... y eso, sin lugar a dudas, dista de ser algo gracioso.
Evidentemente, y como tendemos a imaginar desde una perspectiva ajena, el humano "solitario" que quede "en soledad", no se reiría ni mucho menos de su condición...
Los amaneceres y los anocheceres son siempre iguales, casi como si se tratara de una mera rutina cósmica entre el sol, la luna y las estrellas. La insatisfacción reina los días, que transcurren acartonados y faltos de dinámica, casi hasta por inercia, en donde cada minuto dura lo mismo sin que nada los haga percibir menos implacables, y el clima sólo es el elemento que aumenta la fatiga, ya sea caluroso o frío, húmedo o seco, soleado o nublado, estanco o ventoso, etc. Las noches llegan con el pesar acumulado en el día, acarreando adormecimiento sin sueño, y anoticiando las extremidades de la falta de deseo de seguir moviéndose hasta el próximo nacimiento solar... Definitivamente, nada demasiado alentador ni deseable
Por eso, por una mejor vida, seamos o no seres solitarios (o "insociables" para usar un término menos repetitivo), aprendamos a apreciar y valorar los momentos compartidos con amigos, con aquellas personas dueñas de nuestros corazones, con nuestros familiares queridos, o bien junto a tanta buena gente con la que podemos llegar a compartir momentos de nuestras vidas.
...Y, dentro de lo posible, tratemos que nuestro ser interior disfrute tanto a cada momento compartido, que nos pida seguir acumulando muchos segundos junto a esas compañías.
El hombre "en soledad" sencillamente, tal y como se presume con sólo escuchar el término, es aquel que no se encuentra en compañía de nadie más que sí mismo. Es una condición susceptible de cambiar, simplemente cuando un segundo ser se junta con él, más allá de que se trate de un ámbito laboral, socio-afectivo, etc.
El hombre "solitario" no es una condición simple de rebatir. Un ser con esta característica no se siente acompañado ni siquiera acompañado. La sensación de soledad abarca aún por sobre los sentidos, está presente muy dentro de sí, tal vez en su cerebro, o en su corazón, o donde sea que este tipo de cosas suelan alojarse en una persona.
En definitiva, después de señalar estos términos, llegamos a concluir en que se trata de dos situaciones puntuales diferentes... Y eso es justamente un punto bastante en contra, ya que si las consideramos como casos distintos, bien podríamos deducir que ambas cosas pueden sentirse simultáneamente... y eso, sin lugar a dudas, dista de ser algo gracioso.
Evidentemente, y como tendemos a imaginar desde una perspectiva ajena, el humano "solitario" que quede "en soledad", no se reiría ni mucho menos de su condición...
Los amaneceres y los anocheceres son siempre iguales, casi como si se tratara de una mera rutina cósmica entre el sol, la luna y las estrellas. La insatisfacción reina los días, que transcurren acartonados y faltos de dinámica, casi hasta por inercia, en donde cada minuto dura lo mismo sin que nada los haga percibir menos implacables, y el clima sólo es el elemento que aumenta la fatiga, ya sea caluroso o frío, húmedo o seco, soleado o nublado, estanco o ventoso, etc. Las noches llegan con el pesar acumulado en el día, acarreando adormecimiento sin sueño, y anoticiando las extremidades de la falta de deseo de seguir moviéndose hasta el próximo nacimiento solar... Definitivamente, nada demasiado alentador ni deseable
Por eso, por una mejor vida, seamos o no seres solitarios (o "insociables" para usar un término menos repetitivo), aprendamos a apreciar y valorar los momentos compartidos con amigos, con aquellas personas dueñas de nuestros corazones, con nuestros familiares queridos, o bien junto a tanta buena gente con la que podemos llegar a compartir momentos de nuestras vidas.
...Y, dentro de lo posible, tratemos que nuestro ser interior disfrute tanto a cada momento compartido, que nos pida seguir acumulando muchos segundos junto a esas compañías.
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